«Estar con personas refugiadas te hace ver la guerra muy de cerca»
Por Efe González
Casi un mes después, la guerra de Ucrania sigue dejando imágenes imborrables. Muchas son de horror. Otras, de esperanza. Una de esas escenas se vivió en la noche del jueves 16. Ya de madrugada, una caravana de 33 taxis llegó al centro de Madrid después de recorrer los casi 3.000 kilómetros de carretera que hay hasta Varsovia. Hasta allí viajaron para recoger a más de 130 personas que huían de la guerra de Ucrania. No fue una acción espontánea de un grupo de taxistas sino una iniciativa que contó con el respaldo de Mensajeros de la Paz para hacer la acogida.
Si no existen unos protocolos integrales que guíen las acciones solidarias se puede generar más perjuicio que ayuda. Así lo entiende Nuria Avendaño (Madrid, 1973). Ella fue una de las personas que respondió a la llamada de Mensajeros de la Paz para colocarse el chaleco de voluntaria y ayudar a realizar la mejor acogida. La experiencia le ha dejado huella y muchos rostros difíciles de olvidar.
Su trayectoria como voluntaria viene de mucho antes de que estallara el conflicto en Ucrania.
Llevo varios años colaborando con Mensajeros de la Paz en las cenas del proyecto Robin Hood. Con esta iniciativa le damos una cena digna a personas en situación vulnerable y, aunque vienen a cenar, no solo se trata de servirles la comida sino también de darles la dignidad y la calma de sentarse en un restaurante y permitirles compartir una velada con otras personas en su misma situación. En la pandemia tuvimos que pararlo y pasamos a hacerlo repartiendo bolsas de comida, hasta que hace poco hemos vuelto a llevarlo a cabo sirviendo mesas en restaurantes.
¿Qué le motivó a lanzarse a participar en la acogida de personas refugiadas?
Aunque yo ya había hecho alguna donación, llevaba días queriendo ayudar de alguna otra forma porque sentía bastante impotencia. Entonces me llamaron desde la coordinación de Voluntariado de Mensajeros de la Paz diciéndome que de manera inmediata necesitaban gente de confianza para la acogida de las personas refugiadas que iban a llegar a Madrid. Y, en cuanto me llegó la llamada, allí que fui.
¿En qué consistió este proceso de acogida?
Fue muy intenso, de muchas horas. Por la tarde empezamos a reunirnos en el lugar previsto de llegada para ir planificando todo: dimensionamos las necesidades que podríamos tener y nos repartimos las tareas. Terminamos de preparar la comida y fuimos a por juguetes para montar un área de juegos y que los niños y niñas que llegaran pudieran entretenerse.
Después de la medianoche empezaron a llegar los coches. En la iglesia de San Antón se les recibía y se les hacían un test de antígenos para luego bajarles a las instalaciones del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM), que también colaboraba en la acogida. Allí me encontraba yo. Preparamos tres mesas con tres carteles en ucraniano para que las familias se distribuyeran según su situación: si tenían gente en Madrid que fuera a buscarles, si tenían que viajar a otro punto de España donde conocieran a alguien o si necesitaban acogida. Junto a las traductoras les ofrecíamos comida y bebida, y juguetes a los niños y niñas. Una vez se concretaba dónde pasarían la noche, se les acompañaba a coger un taxi hasta el hotel o lugar en el que pasarían la noche. Acabamos de madrugada, cuando terminamos de alojar a todo el mundo.
¿Y al día siguiente?
La segunda fase consistía en hacer llegar, a las personas que tuvieran gente conocida en otros puntos de España, a la ciudad correspondiente. A la mañana siguiente me fui a Atocha de manera que previamente me avisaban de las personas que iban a llegar. Les pedía que me acompañaran para llevarles a la zona de Cruz Roja en la estación, desde donde ya les conducían a sus respectivos trenes.
¿Qué sensaciones tuvo una vez se despidió de las familias?
La satisfacción de poder haber aportado un granito de arena. Tampoco podré olvidar la carrera de una niña de unos seis años que, cuando ya nos habíamos despedido y se estaba yendo hacia el tren con su familia, se dio media vuelta y volvió corriendo a mí con los brazos abiertos. La noche anterior estuve jugando un poco con ella, al reconocerme en Atocha se puso muy contenta y ya cuando vio que aquello era una despedida me hizo ese regalo. Fue increíble.
Durante los momentos que compartió con ellas, ¿qué le transmitieron estas personas?
Me transmitían mucha vulnerabilidad, esa es la palabra. Cada persona exteriorizaba algo distinto, pero en general, transmitían mucho cariño. Había gente que, a pesar de todo lo que han vivido y del viaje que hubieran tenido, seguía teniendo mucha capacidad para sonreír. Y esas sonrisas son inolvidables.
¿Qué diferencia a esta experiencia de otros voluntariados que haya realizado?
Sobre todo, es la sensación de emergencia, de tener que actuar con rapidez para ayudar a atender las necesidades que puedan llegar. Otra diferencia clave es el idioma. Había voluntarias traductoras, pero el hecho de no poder decirles muchas cosas directamente te deja un poco atada de manos y genera un poco de impotencia. Pero eso es lo de menos, porque aun así es posible ayudar.
Aunque haya sido una participación puntual, ¿ha cambiado algo su manera de percibir la guerra de Ucrania?
Ya estaba muy impactada con la situación, como lo he estado siempre con otros conflictos como pueden ser los de Siria o los de algunas partes de África, porque son situaciones que me duelen. Pero sí me ha afectado; el hecho de haber estado con estas familias te hace ver la realidad de la guerra muy de cerca.
¿Cuál ha sido el papel de Mensajeros de la Paz en esta iniciativa?
La coordinación de la logística ha sido muy importante; ha permitido estar a una con las otras dos organizaciones involucradas, la Federación de Taxistas de Madrid y el COAM, para que pueda darse continuidad a la asistencia que se presta a las personas refugiadas una vez lleguen aquí.
¿Está valorando otras formas de ayudar a la población ucraniana?
Sí. De hecho, me he apuntado también como voluntaria de Cruz Roja para empezar este domingo. Aunque todavía me tienen que mandar los detalles, será para cuestiones logísticas de alimentos.
¿Qué le diría a las personas que quieren colaborar de alguna manera a paliar los efectos de la guerra?
Que lo hagan a través de ong y entidades, que saben qué hay que hacer y cómo coordinarlo, porque el impacto de esa ayuda va a ser muchísimo mayor si se hace de manera coordinada. Es clave para que en el futuro se eviten situaciones que profundicen en la vulnerabilidad de estas personas: hay que garantizar que se les ayuda y que, en el futuro, hasta que sea necesario, van a seguir teniendo esa ayuda.






